Hay que tener una dosis superlativa de cinismo para reaparecer ante la opinión pública, mirar de frente a los medios de comunicación y soltar, sin que se le mueva un solo músculo de la cara ni los cachetes: “Me lo prometí a mí mismo, que ya no iba a declarar”. Sinvergüenza.
Con esa frase, vaga y condescendiente, el exgobernador Diego Sinhue, el más corrupto de la historia del PAN, pretendió dar un carpetazo personal a seis años de sombras, opacidad y cuestionamientos.

Como si la rendición de cuentas fuera una opción o una simple promesa de año nuevo, que uno decide romper o mantener según el estado de ánimo.
Resulta increíble —y verdaderamente indignante— que quien ostentó el poder supremo en Guanajuato crea que con un silencio descarado podrá borrar de la memoria colectiva la larga noche de su administración.

El exmandatario se escuda en un pacto consigo mismo para evadir lo inevitable: responder por una gestión que dejó al estado sumido en la inseguridad, la impunidad y el constante tufo de la corrupción.
¿Acaso cree el GOLDO que los guanajuatenses ya olvidaron el manejo discrecional y sin aseo de los recursos públicos?
La lista de escándalos es demasiado larga para ser sepultada por la amnesia deliberada de su protagonista.

Ahí están, para el registro histórico, los millonarios “regalos” e inyecciones de dinero a la CONCAMIN; los opacos subsidios a la Feria; o la entreguista y cuestionada concesión de la autopista Guanajuato-Silao por 30 años.
Y no podemos olvidar el rimbombante discurso de la “Mentefactura”, un concepto que sirvió más como fachada para el despilfarro que como una verdadera política de transformación social.

Durante su sexenio, la transparencia fue una asignatura pendiente y la honestidad, una duda permanente. Guanajuato pagó un costo altísimo mientras en el Palacio de Gobierno se repartían favores y se gestionaba el presupuesto con una ligereza pasmosa.
Hoy, el impresentable de Diego Sinhue pretende que la ciudadanía acepte su mutismo como un gesto de elegancia o prudencia política.

Se equivoca rotundamente. Su silencio no lo protege del desprestigio; al contrario, lo acentúa. Callar ante las acusaciones no es un acto de reserva: es la admisión tácita de quien no tiene argumentos ni pruebas para defender lo indefendible.
El exgobernador nos sigue debiendo —y con creces— una explicación detallada de qué hizo con el dinero, más de 34 mil millones de pesos que desapareció, de las y los guanajuatenses y por qué entregó un estado lastimado y vulnerado.
Ninguna promesa personal de guardar silencio lo exime de su responsabilidad histórica y moral. Mientras el GOLDO elija la huida y el descaro, la exigencia de justicia y rendición de cuentas seguirá resonando con la misma fuerza. Guanajuato no olvida.

Además este rata, con un desparpajo se atrevió a pedir respeto a los reporteros y que no le cuestionaran. Como si el muy sinvergüenza hubiera tenido el respeto a los guanajuatenses cuando hizo todas sus fechorías. Éste merece cadena perpetua.
He dicho y ya está.



