En la alta política mexicana existe un mal endémico e incurable: la amnesia selectiva.
Un síndrome que ataca con especial fuerza a quienes, tras brincar de un cargo público a otro, pretenden erigirse como los nuevos paladines de la moralidad y la rendición de cuentas, olvidando convenientemente que sus propios pasados están marcados por la opacidad y el desorden financiero.
El caso más reciente en el Congreso Local de Guanajuato lleva nombre y apellido: Erandi Bermúdez.

En días recientes, el hoy diputado local ha acaparado reflectores al emitir votos diferenciados de su propio partido para exigir, con el pecho henchido de rectitud, que se audite de manera integral la pasada administración estatal de Diego Sinhue Rodríguez Vallejo.
Rasgarse las vestiduras resulta un ejercicio sumamente redituable de cara a la galería; el problema es que el diputado ve la paja en el ojo ajeno, pero se niega rotundamente a ver la viga en el propio.
Para entender el tamaño del cinismo, hay que refrescar la memoria colectiva y viajar a Pénjamo en el año 2009.

Al finalizar el trienio de Erandi Bermúdez al frente de dicho municipio, la entrega-recepción no dejó cuentas claras, sino un boquete financiero alarmante.
La administración municipal entregó una deuda pública contratada que ascendía a más de 30 millones de pesos, un pasivo que estranguló las finanzas de Pénjamo debido a que representaba un porcentaje sumamente alto de sus ingresos de libre disposición. Bermúdez comprometió gravemente las finanzas del municipio para los años venideros bajo una lógica irresponsable.

¿Cómo logró inflar de forma tan llamativa su “obra pública”? Mediante una práctica sumamente cuestionable: otorgar adelantos de obra a los contratistas sin tener los fondos necesarios para terminarlas.
Un castillo de naipes financiero que acabó por heredar a su sucesor, Eduardo Luna Elizarraraz, quien durante el periodo 2009-2012 operó con una administración asfixiada, destinando gran parte del presupuesto ordinario simplemente a contener los intereses de aquel despilfarro.

Tuvieron que pasar tres administraciones posteriores —desde Jacobo Manríquez hasta el doble periodo de Juan José García— para que el municipio pudiera restructurar y limpiar ese desastre financiero.
En aquel entonces, para Erandi no hubo investigaciones a fondo, no hubo castigos, ni mucho menos la transparencia que hoy tanto pregona. Hubo un manto de impunidad que le permitió seguir escalando en el aparato político.

Por eso resulta grotesco e increíble el espectáculo que hoy monta en el Congreso. Resulta muy cómodo exigir que se haga la transparencia “en los bueyes de mi compadre”, pero evadir el escrutinio de su propio trabajo como servidor público. Quien pretenda exigir cuentas de manera legítima, primero debe tener las manos limpias y la bitácora en orden.
La ciudadanía ya no se traga el cuento de los redentores de la fiscalización. Si el diputado Erandi Bermúdez realmente quiere convencer a los guanajuatenses de su súbito amor por la transparencia, debería empezar por explicar por qué dejó a Pénjamo en la ruina hace unos años.
De lo contrario, sus votos y discursos en tribuna no son más que una burda simulación: el clásico oportunismo político de quien exige limpieza afuera, mientras mantiene la basura debajo de su propia alfombra.
He dicho y ya está.




