El fin del bloque monolítico: incongruencias en el Congreso local.

La última sesión del período ordinario en el Congreso del Estado de Guanajuato no solo bajó el telón legislativo; descorrió la cortina de una realidad incómoda para el partido en el poder.

El otrora bloque monolítico del Partido Acción Nacional, caracterizado por una disciplina casi marcial, exhibió grietas profundas, incongruencias flagrantes y una preocupante desconexión con los principios que dicen defender.

Hoy, la primera fuerza política del estado navega entre la doble moral y las cuotas de representación que terminaron convertidas en meros adornos de curul.

El primer acto de este drama de contradicciones se dio con la fiscalización. Con la mano en la cintura y el pecho henchido de “espíritu transparente”, la bancada blanquiazul aprobó un punto de acuerdo —promovido por ellos mismos— para realizar una auditoría integral a la gestión de la ahora emecista, Alejandra Gutiérrez en León. Hasta ahí, el cálculo político funcionaba: golpear al adversario con la ley en la mano.

El problema es que la congruencia exige medir con la misma vara. Cuando la oposición reviró con un proyecto para auditar la administración del exgobernador Diego Sinhue Rodríguez Vallejo —sobre la cual pesan densas nubes de señalamientos mediáticos y sospechas de corrupción—, el PAN se engalló en el “no”.

Afortunadamente, la ceguera no fue total. Hubo honrosas excepciones que salvaron la dignidad del día: Jared González y Juan Carlos Romero Hicks votaron a favor de revisar a Diego Sinhue, entendiendo que la transparencia no debe tener color partidista.

A ellos se sumó Érandi Bermúdez, quien fiel a su libreto, no dejó pasar la oportunidad para colgarse la medalla de “el niño terrible del PAN”. El diputado Bermúdez, más concentrado en alimentar su narrativa de rebelde mediático que en la sustancia legislativa, aportó su dosis de ruido habitual e intrascendente.

Sin embargo, el verdadero termómetro moral ocurrió con los temas sociales, donde el PAN terminó por sepultar la empatía en aras de la trinchera política.

La bancada votó, hace unos días, en contra de un exhorto para que se otorguen las pensiones para personas con discapacidad, en Guanajuato.

En este terreno minado, el diputado Jesús Hernández —quien llegó al Congreso precisamente bajo esa acción afirmativa— dio una lección de dignidad.

Votó a favor del exhorto, dándole la espalda a la línea de su partido para responderle a quienes legítimamente representa. Su voto demostró que para él. la representación real pesa más que el chaleco azul.

La contraparte de esta dignidad la encarnó la diputada Ana María Esquivel, recordada en los pasillos legislativos por aquella infame máxima de que “las personas con discapacidad no dan votos”. Con esa frialdad pragmática, su voto en contra del exhorto no sorprendió a nadie, pero volvió a dejar una mancha indeleble en la narrativa humanista de su partido.

Para cerrar el cuadro de las llamadas “acciones afirmativas” que terminaron en simulación, hay que mirar hacia la diputada Yesenia Rojas Cervantes.

Sentada en la curul bajo la cuota de la comunidad migrante, su paso por el Congreso sigue siendo un páramo absoluto: ni una iniciativa, ni un punto de acuerdo, ni una propuesta para mitigar el drama de la migración en tránsito o para mejorar la vida de quienes persiguen el sueño americano.

Su activismo es estrictamente electoral; en la curul, se limita a calentar el asiento y a levantar la mano cuando el jefe de bancada lo ordena.

El PAN de Guanajuato cerró el periodo mostrando su peor rostro: el de la incongruencia y la fragmentación interna.

Si la primera fuerza política del estado sigue apostando por proteger a sus allegados, castigar a sus desertores y mantener a legisladores florero que ignoran las causas que los llevaron al poder, el costo no tardará en cobrarse en las urnas.

La disciplina se rompió, y lo que quedó expuesto no es una nueva libertad de pensamiento, sino un extravío de brújula monumental.

He dicho y ya está.

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