De chile, dulce y manteca

Por Arzola

I. Hic et nunc (aquí y ahora)

En estos tiempos estamos presenciando cómo periclita, a velocidad de vértigo, el Instituto Nacional Electoral. No es cosa menor, pues esta institución fue garante de la democracia y permitió transitar con cierta normalidad hacia la alternancia.

Todavía a principios de los años noventa del siglo pasado, nos tocó observar las últimas pulsaciones del régimen de partido único, que controlaba todas las instituciones encargadas de organizar las elecciones y mantenía su hegemonía sobre los congresos, los ayuntamientos y los poderes ejecutivos federal y estatales.

Bajo la nomenclatura partidista se afirmaba que vivir fuera del presupuesto era vivir en el error. Se entendía cínicamente que la comodidad y la estabilidad económica se conseguían estando inserto en el propio sistema.

La concertacesión era moneda de cambio para negociar posiciones de poder tras la aparición de algún conflicto postelectoral.

II. Ex umbris ad lucem (de las sombras a la luz)

Solo con el potente empecinamiento de la oposición y mediante concesiones parciales se fue moldeando un cambio dentro del régimen antidemocrático, que en las postrimerías del siglo XX resultaba insostenible.

La expresión «dictadura perfecta», acuñada por Mario Vargas Llosa, definió de cuerpo entero la normalidad autoritaria en la que nos encontrábamos en México.

No deben perderse de vista los pequeños cambios que fueron sirviendo de andamiaje a nuestra frágil democracia. Precisamente, en 1977, la incorporación de las diputaciones bajo un sistema de representación proporcional (plurinominales) le restó preeminencia al principio de mayoría relativa que, en estado puro —gana quien obtiene el mayor número de votos—, le permitió al Partido Revolucionario Institucional perpetuarse en el poder durante décadas.

Tras la elección de 1994, con el telón de fondo de los aciagos acontecimientos de aquel año —el asesinato de Luis Donaldo Colosio y el levantamiento zapatista en Los Altos de Chiapas—, se desencadenó un cambio en materia electoral que culminó con la reforma de 1996.

Esa reforma consolidó la transición democrática al ciudadanizar plenamente el arbitraje electoral y desvincular la intervención del Poder Ejecutivo de los comicios. De entrada, se otorgó plena autonomía al otrora Instituto Federal Electoral (IFE), eliminando la intervención del secretario de Gobernación como presidente del Consejo General. Además, se consolidaron las reglas de financiamiento público y se establecieron nuevas reglas de representación en el Congreso. Estos cambios permitieron la alternancia en el año 2000.

III. Corsi e ricorsi (idas y venidas)

Expuesto en la obra de Giambattista Vico, La Scienza Nuova, el concepto de corsi e ricorsi se utiliza para describir la historia como un proceso cíclico de avances y retrocesos.

En ese sentido, Vico rechazaba la idea de que la historia avanzara en línea recta, impulsada por un progreso constante.

Visto de esta forma, la actualidad del INE parece confirmar esta idea, pues el avance se ha detenido en 2018. La colonización del Instituto por personas con filiación partidista más que comprobada y la reciente caída de la presidenta Guadalupe Taddei no son simples errores, sino síntomas de la pérdida de confianza en el Instituto Nacional Electoral.

Esto demuestra la agonía de un órgano atacado por un cáncer en fase terminal, cuyas miasmas supuran por todos lados.

Sin temor a equivocarme, la construcción no de un nuevo INE, sino de algo mejor que el INE, tardará muchas décadas y requerirá del consenso y los acuerdos de las fuerzas políticas. Seguramente, esa institución, si es que algún día llega a existir, será algo que muchas generaciones, incluida la mía, no tendremos oportunidad de ver.

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