En la coreografía del oportunismo político, pocos personajes se mueven con tanta soltura y tan poca vergüenza como el senador de Morena, Ricardo Sheffield Padilla.
Lo visto el domingo pasado en Celaya no fue una excepción, sino la enésima confirmación de que para el jefe de la llamada “mafia Shifiliana”, los eventos de la transformación no son espacios de militancia o convicción, sino meras pasarelas para el beneficio personal y la simulación fotográfica.

Más de 15,000 morenistas se dieron cita en suelo celayense en un ambiente de genuina celebración para conmemorar el segundo aniversario del histórico triunfo presidencial de Claudia Sheinbaum.
El evento, de una relevancia política innegable para la región del Bajío, requería altura de miras. En cambio, lo que ofreció el senador Sheffield fue un espectáculo de burdo oportunismo que rayó en el cinismo.

Con el pragmatismo que lo caracteriza, Sheffield Padilla intentó colgarse una medalla que no le correspondía. Con total soltura, se aprovechó de la presencia del alcalde de Celaya para felicitarlo efusivamente por la supuesta “organización” del magno evento.
Una cortesía calculada y tramposa, diseñada expresamente para borrar de la narrativa el verdadero motor de la movilización: la Delegación Estatal del Bienestar, encabezada por Alma Alcaráz.

Fue la estructura del Bienestar, bajo la batuta de Alcaraz, la que cargó con el peso operativo y político de reunir a los miles de asistentes. Mientras la delegada cumplía con creces su papel, replicando el mensaje de la presidenta de México con una narrativa nacionalista, desglosando los avances en la estabilidad económica del país y defendiendo el impacto de los primeros programas sociales, el senador operaba en su propia frecuencia.
El modus operandi de la simulación Shifiliana se ejecutó al pie de la letra: aparecer unos cuantos minutos, montar el escenario para grabarse un par de videos, sonreír para las fotos de rigor en las redes personales y, acto seguido, desaparecer del mapa. Mientras los verdaderos representantes populares dieron la cara para consolidar la unidad del movimiento.

Su ausencia en las fotografías oficiales del evento con el resto del bloque de Morena lo dice todo: no pertenece al esfuerzo colectivo; solo asiste como espectador de su propia ambición.
El problema de este tipo de actitudes no es solo la falta de caballerosidad política hacia el trabajo de Alma Alcaraz y su equipo, sino el desprecio que demuestra hacia la propia militancia que viaja, se asolea y cree en el proyecto. Reducir un acto de 15,000 personas a un set de grabación de cinco minutos para alimentar el ego digital es una ofensa al movimiento.

Ricardo Sheffield vuelve a demostrar que su lealtad no está con las causas, ni con la organización, ni con el legado que se festejaba en Celaya.
Su única lealtad es con la coyuntura que le permita seguir vigente, aunque para ello tenga que actuar como un fantasma que solo asoma la cabeza cuando hay una cámara encendida y huye cuando el trabajo real comienza.
La militancia del Bajío tiene memoria, y el vacío en las fotos oficiales del domingo es el reflejo del vacío político que él mismo se está cavando.
He dicho y ya está.



