Celaya atraviesa por uno de los momentos más complejos de su historia reciente. En un municipio donde las urgencias sociales, la seguridad pública y la estabilidad política exigen funcionarios de tiempo completo, con empatía y capacidad operativa, pero el encargado de la política interna parece tener sus prioridades en un lugar muy distinto: a miles de kilómetros de distancia y a bordo de un avión.

Daniel Nieto, secretario del Ayuntamiento, ha decidido adoptar el rol de turista diplomático con cargo al erario. Su más reciente viaje a la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York es una muestra flagrante de frívola desconexión.
La pregunta es tan obvia que raya en la indignación: ¿a qué va el secretario del Ayuntamiento de Celaya a la ONU? ¿Qué gestión, acuerdo o beneficio tangible le trae a la ciudadanía celayense su presencia en los pasillos de un organismo internacional cuando en su propio municipio no puede sostener una reunión de trabajo sin generar un conflicto?

La responsabilidad primaria del secretario del Ayuntamiento es clara y constitucional: garantizar la gobernabilidad, mantener funcionando con fluidez al cuerpo edilicio y articular una relación cordial, abierta y de diálogo constructivo con cada uno de los miembros del Cabildo. Su trabajo es construir puentes para sacar adelante los acuerdos que la ciudad necesita.
Nieto hace exactamente lo contrario. Lejos de abonar a la estabilidad, se ha convertido en el principal factor de crispación y dinamita de los consensos internos. En lugar de operador político, actúa como agente de discordia.

La incapacidad política del secretario del Ayuntamiento de Celaya, Daniel Nieto, ha alcanzado niveles de torpeza difíciles de justificar, al grado de mantener un conflicto permanente con el regidor de su propio partido (Morena), Miguel Villanueva Flores del Villar.

Resulta un contrasentido que, en lugar de tender puentes y articular esfuerzos dentro de su propio grupo político, Nieto prefiera dinamitar el trabajo de un edil que —guiado o no por sus legítimas aspiraciones e imagen de cara al futuro— ha mantenido una agenda sumamente activa en materia de movilidad.
El asunto no es menor en un municipio donde los pendientes sociales apremian y donde la modernización del transporte público avanza a paso de tortuga.
En vez de potenciar las gestiones para destrabar proyectos cruciales como el prometido sistema de transporte eléctrico —que acumula ya un vertiginoso retraso de un año respecto a las promesas originales y que no verá la luz sino hasta 2027—, el secretario opta por la confrontación interna y el desgaste inútil.

Esta miopía para operar y sumar coincidencias dentro del mismo proyecto de gobierno no solo retrasa agendas clave para los celayenses, sino que deja en evidencia la falta de oficio, la pequeñez política y la escasa visión de un funcionario que confunde la gobernanza con el pleito de facción.
Pero la fiebre por los reflectores internacionales y los viáticos no es nueva. A principios de año, el funcionario ya había dado muestras de su gusto por el turismo político al acudir a la Feria Internacional de Turismo (FITUR) en España.

En aquella ocasión, el viaje no solo no rindió un solo resultado para Celaya, sino que contó con la compañía de su esposa, la diputada local por Morena, Edith Moreno.
Entre pasarelas europeas y foros globales, la pareja parece confundir la responsabilidad administrativa con una gira de representación artística o unas vacaciones diplomáticas pagadas por los contribuyentes.

El problema no es solo la evidente falta de resultados en gestión, desarrollo o seguridad pública —área donde la deuda con Celaya es astronómica—.
Lo verdaderamente alarmante es el silencio y la condescendencia desde la cabeza del gobierno municipal. El alcalde Juan Miguel Ramírez contempla la escena como un espectador más.
¿A qué responden los compromisos o los acuerdos que le garantizan a Daniel Nieto tal nivel de impunidad para ausentarse de sus funciones, violentar al Ayuntamiento y despilfarrar recursos públicos sin rendir cuentas? Celaya no está para paseantes.
He dicho y ya está.




